Experiencias:Agua
De La Quitopedia
1.- En mi época de fumadora:
Empecé a fumar porque era atractivo. Tendría 15 ó 16 años y me pasó lo mismo que cuando probé la cerveza de niña: aquella extraña sensación me gustó. De los cigarrillos sueltos comprados en el kiosco a escondidas pasé al paquete a medias con las amigas (hoy te lo llevas tú, mañana yo). Recuerdo con cariño aquella época de tabaco compartido y clandestino. Si se hubiera quedado ahí...
Pero no, poco a poco la adicción fue instalándose en mi vida como en la de todo fumador, quizás varíe el ritmo o las cantidades, pero el proceso prácticamente fue igual. Se estableció el hábito, y empezó otra etapa en que fumé a cualquier hora y en cualquier circunstancia, en todos los lugares estaba permitido hacerlo, en clase, en el autobús... hasta en casa se me permitió. Era lo normal. Ya no era atractivo ni tan placentero, era... sí, eso, lo normal.
Pasados varios años empecé a plantearme dejarlo. No lo intenté seriamente, sólo pequeños amagos, así que obviamente no lo conseguí. Pero sí comencé a ponerme gradualmente ciertos límites: no comprar más de un paquete diario, no fumar en el trabajo cuando estaba tratando con personas (a veces eso significaba no fumar más de uno o dos cigarrillos en toda la jornada, otras veces era no parar...), no fumar nunca delante de mi padre que inesperadamente, quién lo iba a decir, lo había dejado, no fumar por la calle, en casa no fumar en el cuarto de estar, posteriormente tampoco en la cocina... Eso sí, cuando salía tenía carta blanca y resacón de nicotina al día siguiente. Lo mejor de todo esto, aparte de que fumaba algo menos, es que también se convirtió en hábito y acabó no costando seguir estas limitaciones. O quizás no, quizás eso fuera lo peor, el estancarme. De todas formas, lo que sí pasaba es que cada vez estaba más insatisfecha por seguir fumando, y la idea de abandonarlo totalmente estaba clara, lo dejaría, seguro... seguro que lo dejaría... seguro, claro... claro que lo dejaría... Y en esas estaba (¿meses, años?) cuando empezaron a hacerse molestos y desagradables ciertos síntomas físicos que poco a poco iban apareciendo: las toses, las flemas mañaneras (puajj), la carraspera, la dificultad de respirar al menor esfuerzo... El miedo. Los miedos. El miedo a la enfermedad que te sacude, pero también el miedo al fracaso que te bloquea.
2.- Me planteo dejar de fumar:
Al miedo y a la insatisfacción se le unió el ver que mucha gente a quien, no sé exactamente por qué, yo consideraba fumadores mucho más recalcitrantes iban abandonando el cigarrillo de manera admirable. Me informé de sus métodos, observé sus progresos y decidí apuntarme a la lista de espera de la Asociación Española Contra el Cáncer, total, sólo había que llamar y esperar. Lo decidí pero no llamé. Ya llamaría. Sí, seguro... seguro que lo dejaría... ya sabía cómo... qué bien... otro pasito más.
Y cada vez más desagradable esto de fumar, oye. Y mi padre cada vez más enfermo. Tengo que llamar, sí.
3.- Intentos anteriores:
Bastantes años antes de plantearme dejar de fumar estuve sin hacerlo cinco o seis meses durante mi embarazo, pero no lo considero un intento puesto que no lo decidí ni tuve parte activa. Había rebajado el consumo, eso sí, pero seguía fumando. Sencillamente lo aborrecí como aborrecí el chorizo. No recuerdo ningún síndrome de abstinencia (quizás porque era muy joven y aún no tenía demasiada dependencia), ninguna ansiedad, nada, no me apetecía y ya está, no le di más vueltas, había cosas más importantes en las que pensar. Al mes de nacer mi hijo volví a fumar. Al chorizo no recuerdo cuándo, pero también volví.
En otra ocasión también intenté una reducción gradual del consumo, ya sabéis, ir fumando menos cigarrillos de forma programada. Y la cosa iba bien... hasta que dejó de ir.
Y algún día suelto aprovechando algún gripazo también recuerdo. Pero no más. Así que lo que se dice intento serio, o haber estado algún tiempo razonable sin fumar del que poder extraer alguna experiencia... pues no, ninguno.
4.- Estrategia:
Asumir seriamente que era una adicción y, ya que yo sola ni siquiera era capaz de ponerme fecha, buscar refuerzo exterior, crearme un compromiso y cumplirlo a rajatabla. Tuve suerte. Seguía sin llamar a la AECC, pero se dio la feliz coincidencia de que mi empresa organizó lo que entonces llamaron un curso para dejar de fumar, pero que en realidad era un programa de tratamiento llevado precisamente por profesionales de dicha organización. Cuando me enteré no quedaban plazas, pero se comprometieron a repetirlo, así que ya sólo tenía que esperar a que me llamaran y, después, ser muy buena. Ole, otro pasito más.
Pasaron casi dos años hasta que me dejaron demostrar mi bondad. Afortunadamente, el ritmo pasmosamente lento con el que había tomado la decisión de dejar de fumar se volvió rápido y decidido. Desde el primer momento en que inicié el programa multicomponente ya asumí que aquello no tenía marcha atrás.
5.- Aliados:
En una primera etapa, seguir las indicaciones del médico responsable del tratamiento, que eran muchas. No fue difícil, es una persona que inspira mucha confianza, y además en mi caso fue muy efectivo desde el principio. En una segunda etapa, Internet, tanto buscando información como participando en un foro de exfumadores. Y mi hijo, cuya intervención ha sido esporádica pero contundente.
Qué bonito, ahora que me leo, parezco un ser muy social y muy humano que confia ciegamente en sus bondadosos congéneres mientras le llevan en volandas hacia el éxito y la salud, cuando la realidad es que me atiborré de química y psicología. Pero no retiro ni una coma del párrafo anterior. A saber qué pesó más...
6.- Los primeros días:
Estaba en una nube, atontada y contenta, no sé si por la abstinencia o por la satisfacción de haber dado por fin el paso tantas veces aplazado, seguramente por una mezcla de ambas cosas (no, el bupropión aún no estaba haciendo efecto, ya que empecé a tomarlo en el mismo momento en que dejé de fumar y sólo uno al día, y los antidepresivos suelen llevarse su tiempo). No pensaba en otra cosa y me esforcé mucho en hacer las cosas bien, al fin y al cabo tenía a mano muchos recursos, no podía desaprovecharlos. Afortunadamente tuve un síndrome de abstinencia bastante llevadero, sin apenas ansiedad ni irritabilidad, pocos trastornos del sueño y menos ganas de fumar de las que esperaba (aunque alguna, y gorda, había). Lo que más me molestaba era la falta de concentración, apenas podía leer ni distraerme con nada, así que venga agua y vengan zanahorias. Y de vez en cuando, algún ejercicio de relajación, que para algo los había aprendido. Y duchas, muchas duchas, y caramelitos y... no sé, hay muchos recursos y trucos para estos primeros días. Lo difícil quizás sea acordarse de aplicarlos en su momento.
Aunque todo iba bastante bien comparado con el suplicio que yo esperaba, sí tuve molestias gordas a los quince días de abstinencia: dolores musculares en todo el cuerpo, dolor de cabeza, fiebre, cansancio exagerado... como un gripazo, pero a lo bestia. Lo consulté con el médico y lo atribuyó a los parches de nicotina, aunque no demasiado convencido. Decidió que me pusiera sólo medio parche y yo decidí no volver a ponerme ninguno. A los dos o tres días, como nueva. De esta pequeña pero aguda crisis, se me ha quedado grabada una imagen: yo incrustada en el sofá, dolorida y sufriente, veía entre los vapores de la fiebre a un señor grandote al que intentaban derribar con mucho esfuerzo durante horas y horas, cosa que al fin consiguieron. Era en la tele y en abril del 2003 y, al recordarlo ahora, le he encontrado un significado alegórico muy adecuado a todo esto que estoy contando y pienso que es una excusa fantástica para poner fotico.
7.- Desde la distancia:
Si lo llego a saber... sí, claro que lo dejo antes. Aunque no lo parezca, me cuesta trabajo a estas alturas hablar de cómo dejé de fumar. Pero si algo quiero transmitir contando de nuevo mi experiencia es que fui inútilmente miedosa a la hora de tomar esa decisión, y eso que tenía muy claro que debía y quería tomarla. Y es de lo que me arrepiento, del tiempo empleado en darle vueltas al miedo.
Tengo la sensación (por no decir la seguridad, que queda feote) de que no voy a volver a fumar. Pero si así fuera, el miedo ya no sería ningún obstáculo, creo que me decidiría rápidamente a volver a dejarlo, no sé si con el mismo método o con otro. A mí me ha ido bien con el que elegí y he conocido a mucha gente, a muchos de vosotros, a los que os ha ido bien con el que elegisteis, que a veces no ha sido ninguno. Si me he extendido mucho en el que yo seguí es porque me parece que, de momento, en esta comunidad soy la única que lo ha hecho y me siento un poco obligada a darlo a conocer como otra alternativa efectiva más. Y también por agradecimiento. La AECC es una organización seria y reconocida, con buenos profesionales y que desarrolla una labor preventiva y sin ánimo de lucro (sus tratamientos son gratuitos, sólo has de pagarte los fármacos, claro). Pero no sólo esta asociación utiliza programas multicomponente, sino que cada vez están más extendidos entre otros profesionales de la salud, tanto públicos como privados.
Ah, y que el otro tópico de la distancia, el del olvido, pues que en mi caso también es verdad.
8.- Observaciones:
Observo que me he extendido en demasía. Mil perdones.
Referencias
Experiencias de otros foreros
Agua





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